Guerra Mundial Z
(World War Z)
Estados Unidos, 2013
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Ni el más fanático y empedernido de los cinéfilos sería capaz de afirmar que su objeto de deseo es un producto de primera necesidad. Una persona que se niegue a pagar el cada vez más desorbitado importe que cobran por la entrada, o por el alquiler, o por la descarga, o por cualquier otro método legal o ilegal que inventen, posiblemente tenga una vida más aburrida, pero morirse, lo que se dice morirse, no se morirá. De ahí que, al ser éste un arte que busca rentabilidad comercial, uno de los elementos más importantes que deba tener un filme sea la originalidad. Alguien puede pasar décadas usando la misma pasta de dientes, o
consumiendo la misma marca de yogures, pero, salvo casos específicos de fenómenos que perduran año tras año haciendo siempre lo mismo (y que, aunque siempre tengan su público, al común de los mortales se les acaban haciendo cansinos), el espectador medio se aburrirá ante el mismo espectáculo una y otra vez. Nuestro idioma tiene incluso una frase hecha al respecto: “esta peli ya la he visto”.Probablemente haya más, pero existen al menos dos géneros de cine en los que, por las características intrínsecas a su temática, innovar es muy complicado. Uno de ellos es el pornográfico, que en esta ocasión no viene al caso; el otro es el de zombis. Cuando una película va de muertos vivientes, o no muertos, o como se les quiera llamar, y cuando, pese a lo engañoso del título, no haya la menor intención de disimular el argumento, una serie de convenciones se dan por sentadas: habrá un montón de seres humanoides con mucha mala leche, que intentarán transmitírsela a cuantos encuentren a su paso, normalmente a base de mordiscos, y habrá un héroe que intentará salvar al planeta del destino tan sórdido que le espera. No quedan muchos factores para jugar: de dónde sale la demencia de los rabiosos, qué puede hacer el protagonista para arreglar el problema, y poco más. Por desgracia, a estas alturas casi todas las variantes que se puedan imaginar están ya hechas: hay más friki suelto de lo que creemos.
Por eso, antes de meterse en el jaleo de rodar una de zombis, con todo el despliegue de maquillaje, efectos especiales y casquería variada que se necesita para que sea creíble, se debería tener muy claro cuál va a ser el
giro argumental, el truco mágico, el detalle más o menos sutil, más o menos llamativo, que marque la diferencia. Esta vez, qué se le va a hacer, los guionistas no lo tenían. Así de simple y así de grave. Quien jamás haya visto algo de semejante temática se encontrará con una obra entretenida, técnicamente muy buena, que se deja ver y que, en 116 minutos, no tiene tiempo para hacerse pesada. Para el resto del mundo, es un continuo y muy previsible “más de lo mismo” en el que Marc Forster, el hombre que se sienta en esa silla que tiene escrita la palabra “director”, no puede, no quiere o no le dejan aportar nada.Con maldad podría pensarse que los productores no le han permitido meter baza por temor a que alguna decisión pudiera quitar una mínima cuota de protagonismo a Brad Pitt, el figurón que monopoliza la trama, pese a que su interpretación sea sólo correcta, sin alardes, y a que su personaje sea un tipo con la rara virtud de resultar misterioso e insulso a la vez. Como no hay más remedio que meter a más gente, le acompañan, a ratos, turnándose, las señoritas Mireille Enos (bastante floja) y Daniella Kertesz (algo mejor). El resto del reparto son muchos secundarios, y hasta terciarios, de los que usted, espectador medio que no tiene tiempo ni ganas de leer revistas especializadas, no habrá oído hablar jamás. Ninguno destaca, perfectamente integrados como están en una película que, por el atractivo del cartel, lo mismo triunfa en taquilla y todo, pero de ninguna manera se hará un hueco en los libros de historia.
La próxima: Wonder Woman
(Publicada originalmente en la sección de Cine de Vavel)
















mencionaría algún catedrático, la imagen que tengo del tal Sherlock es la de un Repelente Niño Vicente versión gentleman. Al menos con Ibáñez y su obra te ríes. 
¿Qué puede haber peor que un octógono amoroso de credibilidad más que dudosa aderezado con una sarta de tópicos sin gracia, todo ello ambientado en un entorno mitad opulento, mitad decadente? Difícil de superar, ¿eh? Pues imagínense todo eso, pero con versiones chungas de música ochentera, una década que, pese a tanta mitificación y tanto “revival” como se están sacando de la manga últimamente a base de anuncios de Coca Cola, en general en el ámbito sonoro es bastante prescindible. Versiones chungas no sólo en cuanto a la adaptación, ya de por sí motivo de juicio sumarísimo, sino también, y muy especialmente, en la interpretación. Es lo que tiene pretender hacer un musical contratando para ello a actores de los que es público y notorio que no saben cantar y tampoco tienen dominada la técnica del playback, mucho más difícil y meritoria de lo que parece. Sólo se puede aplaudir a la muy guapa Lucía Jiménez, quien se nota que de gorgoritos sabe un rato. Al resto les han metido en el embolao y salvan la papeleta como buenamente pueden, aunque a María Esteve se le agradecen los servicios prestados pero casi mejor que asuma que esto no es lo suyo. 



increíble si se analiza en frío pero que, tal como está contada, parece lo más natural del mundo.
Porque además, tan hartos como podemos estar a estas alturas del Hollywood edulcorado habitual, nunca está de más echar mano del cine independiente (o algo parecido: hablamos de más de un millón de dólares) y sus soplos de aire fresco. Es difícil imaginar que uno de los grandes estudios, tan puritanos ellos, autorizara, más que el argumento (que aun así no deja de ser impactante), la forma de rodar de Tarantino. Hay acción, sin duda, porque esto es una película de tiroteos y esas cosas. Pero también hay diálogos sesudos (moderadamente, no se me asusten), que aunque cualquier madre censuraría por malsonantes, son tan valiosos, y tan entretenidos, como los disparos propiamente dichos, si no más. Hay planos larguísimos, que desesperarían al productor en busca del taquillazo fácil, pero que mantienen la intriga y atrapan la atención del espectador impaciente por ver cómo se resuelven. Hay también excepciones a esto último, claro, y momentos donde dan ganas de decir “Oye, Quentin, que esta parte ya la he pillado, a ver si arrancamos de una vez”, pero son los menos. Y hay violencia. Mucha violencia. Y de lo más explícita. Bastante gratuita en algunas ocasiones, en otras bien justificada por el guión. Son las cosas de Tarantino: a algunos les dará grima, a otros les parecerá genial. En todo caso, si luego tienen pesadillas no digan que no se lo advertí.



