sábado, 10 de agosto de 2013

Ni muertos ni con historia

Guerra Mundial Z
(World War Z)
Estados Unidos, 2013

Ni el más fanático y empedernido de los cinéfilos sería capaz de afirmar que su objeto de deseo es un producto de primera necesidad. Una persona que se niegue a pagar el cada vez más desorbitado importe que cobran por la entrada, o por el alquiler, o por la descarga, o por cualquier otro método legal o ilegal que inventen, posiblemente tenga una vida más aburrida, pero morirse, lo que se dice morirse, no se morirá. De ahí que, al ser éste un arte que busca rentabilidad comercial, uno de los elementos más importantes que deba tener un filme sea la originalidad. Alguien puede pasar décadas usando la misma pasta de dientes, o consumiendo la misma marca de yogures, pero, salvo casos específicos de fenómenos que perduran año tras año haciendo siempre lo mismo (y que, aunque siempre tengan su público, al común de los mortales se les acaban haciendo cansinos), el espectador medio se aburrirá ante el mismo espectáculo una y otra vez. Nuestro idioma tiene incluso una frase hecha al respecto: “esta peli ya la he visto”.

Probablemente haya más, pero existen al menos dos géneros de cine en los que, por las características intrínsecas a su temática, innovar es muy complicado. Uno de ellos es el pornográfico, que en esta ocasión no viene al caso; el otro es el de zombis. Cuando una película va de muertos vivientes, o no muertos, o como se les quiera llamar, y cuando, pese a lo engañoso del título, no haya la menor intención de disimular el argumento, una serie de convenciones se dan por sentadas: habrá un montón de seres humanoides con mucha mala leche, que intentarán transmitírsela a cuantos encuentren a su paso, normalmente a base de mordiscos, y habrá un héroe que intentará salvar al planeta del destino tan sórdido que le espera. No quedan muchos factores para jugar: de dónde sale la demencia de los rabiosos, qué puede hacer el protagonista para arreglar el problema, y poco más. Por desgracia, a estas alturas casi todas las variantes que se puedan imaginar están ya hechas: hay más friki suelto de lo que creemos.

Por eso, antes de meterse en el jaleo de rodar una de zombis, con todo el despliegue de maquillaje, efectos especiales y casquería variada que se necesita para que sea creíble, se debería tener muy claro cuál va a ser el giro argumental, el truco mágico, el detalle más o menos sutil, más o menos llamativo, que marque la diferencia. Esta vez, qué se le va a hacer, los guionistas no lo tenían. Así de simple y así de grave. Quien jamás haya visto algo de semejante temática se encontrará con una obra entretenida, técnicamente muy buena, que se deja ver y que, en 116 minutos, no tiene tiempo para hacerse pesada. Para el resto del mundo, es un continuo y muy previsible “más de lo mismo” en el que Marc Forster, el hombre que se sienta en esa silla que tiene escrita la palabra “director”, no puede, no quiere o no le dejan aportar nada.

Con maldad podría pensarse que los productores no le han permitido meter baza por temor a que alguna decisión pudiera quitar una mínima cuota de protagonismo a Brad Pitt, el figurón que monopoliza la trama, pese a que su interpretación sea sólo correcta, sin alardes, y a que su personaje sea un tipo con la rara virtud de resultar misterioso e insulso a la vez. Como no hay más remedio que meter a más gente, le acompañan, a ratos, turnándose, las señoritas Mireille Enos (bastante floja) y Daniella Kertesz (algo mejor). El resto del reparto son muchos secundarios, y hasta terciarios, de los que usted, espectador medio que no tiene tiempo ni ganas de leer revistas especializadas, no habrá oído hablar jamás. Ninguno destaca, perfectamente integrados como están en una película que, por el atractivo del cartel, lo mismo triunfa en taquilla y todo, pero de ninguna manera se hará un hueco en los libros de historia.

La próxima: Red

(Publicada originalmente en la sección de Cine de Vavel)

viernes, 26 de julio de 2013

Solo, acompañado y aburrido

Tú y yo
(Io e te)
Italia, 2012

Si es que no lo hace ya, la ciencia de la antropología social debería incluir en sus estudios un concepto clave en las relaciones humanas: la reputación. Siempre hay casos flagrantes y clamorosos de personas que se cargan toda su trayectoria con algún gesto chocante, pero en general no tendemos a valorar a alguien por acciones puntuales, sino que consideramos sus hazañas y fracasos anteriores antes de formarnos una opinión. De tal manera, si el balance es positivo, inconscientemente somos más propensos a perdonar sus pecados, mientras que en caso contrario nos lanzamos al cuello ante cualquier desliz. Es una actitud probablemente injusta, pero tan natural como inevitable.

El italiano Bernardo Bertolucci es un tipo con la fortuna de contar con una reputación excelente en lo suyo, que es dirigir películas. No cabe duda de que se la ha ganado, como se comprueba con facilidad repasando su filmografía repartida a lo largo de varias décadas y llena de obras que público y críticos acostumbran a tener en alta estima. Quien va a ver “una de Bertolucci” acude a la sala predispuesto a aplaudir su arte y su talento… aunque lo que aparezca en pantalla sea tan raro como difícil de asimilar.

Don Bernardo nos plantea en esta ocasión la historia de Lorenzo, un adolescente romano de personalidad, digámoslo sutilmente, compleja, con el que espera que el espectador se sienta identificado. Pero, a pesar del buen trabajo del jovenzuelo debutante Jacopo Olmo Antinori (sólo por comprender lo que exigía de él el guión ya merece elogios), vive de forma tan extraña que cuesta un mundo entenderle y solidarizarse con él. Las dos intervenciones femeninas, la de la hermanastra (Tea Falco, que da el perfil perfecto para hacer de yonki) y la madre (Sonia Bergamasco), no llegan a ser brillantes, pero sí bastante convincentes. De hecho, la película ganaría bastante si la segunda tuviera algo más de protagonismo en la trama.

Argumentará alguien que si el chaval fuera “normal” todo esto no tendría gracia alguna, lo que no deja de ser cierto… pero, pese a tratarse de una edad tan difícil como los 14 años, en ocasiones el sinsentido es de tal calibre que se hace casi imposible de creer. Tampoco ayuda que durante muchos de los 103 minutos de metraje únicamente aparezca Lorenzo, en completa soledad y silencio (ni siquiera hay música), en poses variadas a cuál más desconcertante. No esperen acción vertiginosa, pues se trata de un filme de esos “de pensar”, en los que, en teoría, no se ahonda en lo que los protagonistas hacen o dejan de hacer (que es más bien poco), sino en sus conflictos psicológicos. Algunos de ellos afectan a las relaciones entre personajes, lo que se agradece porque aportan un poco de ritmo, pero en ciertos casos (permítanme no desvelar cuáles) se quedan sin resolver, y otros muchos son propiedad exclusiva de la mente de Lorenzo, estando tan mal explicados que carecen de interés. De hecho, avisados están, la primera media hora se hace pesadísima, si bien con el tiempo remonta el vuelo.


Tengan por seguro que si preguntan por esta película en según qué círculos no oirán más que alabanzas, consecuencia de la devoción casi religiosa que despierta el nombre de su director. Fíense de ellos sólo hasta cierto punto: no es una obra ni mucho menos mala, tiene incluso momentos de brillantez, pero hay demasiados altibajos como para poder considerarla buena, y a ratos resulta lenta y repetitiva. Si les da por ponerse técnicos podrán admirar cosas como la fotografía, o lo inusual del encuadre de algunos planos en un espacio físico tan reducido, pero si van con mentalidad de espectador común, corren grave riesgo de aburrirse.

La próxima: Guerra Mundial Z

(Publicada originalmente en la sección de Cine de Vavel)

martes, 24 de mayo de 2011

Lo bueno, si breve...

¿Estás Ahí?
España, 2010.

Hay una especie de norma no escrita en el mundo del cine, que precisamente por no estar plasmada en papel casi nadie suele respetar. Esta regla dice que si necesitas más de una hora y media para contar tu historia, en algún momento has cometido un error al planteártela. Es una actualización de aquello que decía Bill Gates de “640 KB deberían ser suficientes para todo el mundo”, pero bastante mejor adaptada a la realidad. Y es que, aunque muchas veces ese momento llega antes, cuando se superan los 90 minutos de metraje, o la historia es muy, muy buena y justifica excederse, o aparecen los bostezos y el espectador empieza a pensar en dónde se podría meter la tijera para acabar con el sufrimiento de tanto plano superfluo.

Muchos directores parecen faltos de cariño en casa y se pasan el mandamiento por ahí mismo, torturándonos con dos o más horazas de película por el afán que tienen de que el público esté cuanto más tiempo mejor pendiente de sus desvaríos. Afortunadamente, no es el caso de Roberto Santiago, quien es consciente de que el argumento que se trae entre manos da para 80 minutos y ahí se queda. Es la duración justa: menos pecaría de minimalista y casi estaríamos hablando de un corto, más habría exigido prolongar con palabrería situaciones interesantes pero que no merece la pena extender, ya que se harían cargantes.

El director también ha hecho un muy buen trabajo de adaptación de la obra de teatro argentina en que se basa la historia, algo que aunque parezca fácil no lo es en absoluto. Se ha visto obligado a sacarse de la manga escenarios y personajes que no estaban en el original y lo ha logrado con bastante acierto, dejando en conjunto una trama bastante coherente de ritmo ágil, aunque sin correr. Los añadidos casan bien con la estructura y, salvo algún detalle de poca importancia, tampoco da la sensación de que haya nada metido con calzador. Y el final, que tiene su punto conmovedor, está bastante bien resuelto, sin contarlo todo al milímetro pero sin dejar cabos sueltos.

La labor de los actores también es digna de elogio. Sobre todo la de Gorka Otxoa, que lleva casi solo todo el peso de la película y demuestra ser un tío con gracejo natural, de ésos que, te cuenten lo que te cuenten, hacen que te rías. Lo mismo le ocurre a la otra estrella del cartel, Miren Ibarguren, pero en este caso es más defecto que virtud: en algunos momentos su personaje tiene un toque dramático y reflexivo que a la actriz, demasiado metida en la parte de comedia, le cuesta transmitir. Entre los secundarios hay de todo: soberbio el gran Miguel Rellán, bien pero un tanto exagerado Luis Callejo, más de lo mismo Carme Elías, y un tanto fría Olaya Martín. En todo caso, como de casi todo se encarga Otxoa, los posibles errores del resto del reparto (que tampoco son demasiados) apenas se notan.


Llegados a este punto, se estarán preguntando de qué va la peli. No es mi intención que me acusen de spoiler, así que sólo diré tres cosas: es divertida, tiene su parte romántica y salen fantasmas. Ideal para contentar a todo tipo de público, ¿verdad? Añado una cuarta: es buena. Tampoco me malinterpreten, no da como para que le caiga un Oscar, pero no sería sorprendente que sí rascara algún que otro Goya. Porque esa es otra que tener en cuenta: es española. En la práctica esto significa dos cosas: por un lado, que verán algún que otro lugar común y chiste facilón, de esos que a algunos hacen mucha gracia y a otros ponen de los nervios; y por otro, que no hay doblaje, es decir, que oirán alguna que otra voz distinta a las habituales. ¿Mejores, peores? Diferentes. En general ¿Estás ahí? es una película diferente. No es la españolada típica, tiene efectos especiales pero no se basa en ellos, no es más larga de lo que debe… Distinto de lo que se suele ver. Se agradece el aire fresco, aunque sople poco.

La próxima: Tú y yo

viernes, 7 de enero de 2011

Amigos a medias

La red social
(The social network)
EE UU, 2010
Me permito el lujo de presuponer que, así a ojo, un 95% de mis lectores tendrá perfil en Facebook, esa cosa que, aparte de colarnos publicidad de forma más o menos sutil, sirve para recuperar el contacto con aquel compañero del cole con el que siempre nos andábamos peleando, o para que nuestro jefe nos tenga vigilados incluso después de la jornada laboral, o para que todo el mundo se entere de lo mucho que queremos a nuestra parienta y de lo profundos que son nuestros pensamientos, o para que nuestros padres tengan ocasión de ver las fotos más vergonzantes de nuestras juergas en compañía de los compadres Sr. Brugal y Mr. Daniels, o incluso para que algunos relaten las cosas tan divertidas y emocionantes que harían si tuvieran vida más allá de la pantalla del ordenador. Por tanto, no creo que a nadie le suene a chino si digo que a la que hace referencia el título es a esa red social, y confío en que ninguno se me pierda si insisto en que la película de hoy va precisamente de este tema.

Lo que requeriría una explicación más detallada es la otra gran pregunta: por qué se ha hecho una película sobre Facebook. Ojo, que no estoy insinuando su baja calidad, ni mucho menos. Más bien al contrario. Tenemos un argumento fuerte y vigoroso, como diría el Reno Renardo, lleno de intrigas, tensiones y giros inesperados. Tenemos un guión brillante, fiel a la historia real, con unos diálogos ingeniosísimos y con una claridad de ideas tal que hasta el más lego en materia de telecomunicaciones puede enterarse sin necesidad de recurrir a ese nieto suyo tan listo y tan mono que sabe tanto de pulsar teclitas para que se la explique.

Tenemos también unas interpretaciones muy creíbles, aunque lastradas en su versión española por un doblaje doloroso al oído (sobre todo en los personajes femeninos). Tenemos un Jesse Eisenberg que clava su papel de tipo frío y retorcido, un Justin Timberlake que elimina de un plumazo todas las reticencias que pudiera haber por su pasado como cara bonita, y un Andrew Garfield algo menos brillante pero también digno. Tenemos incluso una labor de dirección de David Fincher bastante competente, que sabe combinar todas las piezas para sacar adelante un proyecto de muy alta calidad, tanta que algunos autoproclamados expertos insinúan, porque ellos lo valen, que estamos ante el Ciudadano Kane de principios de siglo.

Quizás sea exagerar, ya que en el filme hay un grave problema que sus 120 minutos no bastan para solventar. Se trata del final, o mejor dicho de su ausencia. La obra narra hechos que se remontan a apenas seis o siete años antes de su fecha de estreno, y que para entonces no sólo no habían terminado de resolverse, sino que, con lo impredecible que es el mundo de internet, lo mismo acaba o con Mark Zuckerberg duplicando los 500 millones de amigos de los que presume o con el chiringuito desmontándose, sea por una reedición de la “burbuja puntocom”, sea por el invento de algo que mole más y se lleve toda la clientela. Obviando otras consecuencias económicas, que haberlas habríalas pero no son horas de ponerse a analizar, en lo que concierne al cine todo esto se traduce en que, llegados al final, da la sensación de que faltan muchas cosas por contar. Y ya saben lo feo que es dejarse las cosas a medias.

Quién sabe, igual si se hubieran esperado diez añitos tendrían material biográfico suficiente como para darle un buen cierre a la narración y que quedara un conjunto coherente. Todo puede ser que la necesidad urgente de hacer caja les haya llevado a ponerse a grabar deprisa y corriendo y, si la cosa sale bien, hacer una segunda parte dentro de algún tiempo. A los de la Guerra de las Galaxias les funcionó, y por ahí sigue habiendo mucho friki suelto…

La próxima: ¿Estás ahí?

domingo, 31 de octubre de 2010

Terror con legañas

Los ojos de Julia
España, 2010.

Querido Guillem Morales: he visto la peli que has dirigido, ésa en la que sale Belén Rueda haciendo de chica que ve poco, y te quería comentar un par de cosillas. A ver, yo te tengo aprecio, porque se nota que controlas de esto, y que además has visto mucho cine y sabes cómo funciona este invento. Entonces, si me lo permites, me gustaría darte algún que otro consejo, porque tú y yo sabemos que te podría haber salido bastante mejor. Me dirás “tú que sabrás, listillo”, y no te quito la razón, pero chico… estarás conmigo en que si filmas una película de terror “psicológico” (que esa es otra: pregunta a los de publicidad que dónde está la psicología en ver gente acuchillada con litros de salsa de tomate) y la gente en las butacas se parte de la risa en determinados momentos, hay algo por ahí que no has hecho bien.

Y no es la elección de actores, ¿eh? En eso no te discuto el mérito, porque viendo el panorama español e imaginando el presupuesto que manejarías, no creo que hubieras podido encontrar nada de más nivel. Los chicos no lo hacen mal, aunque dile a Pablo Derqui que espabile un poco y a Lluís Homar que se crea su papel, que estaba un tanto forzado; la protagonista femenina, en su línea, bastante correcta, pero no pasa de ahí: como dicen los modernos en la tele, no “transmite” gran cosa. El fallo tampoco lo tienes en la escenografía: veo que el maestro Del Toro te ha enseñado algún que otro truquillo que has sabido aprovechar bastante bien. Nada te tengo que decir ni de músicas, ni de efectos especiales, ni de ambientación, ni de nada de eso, porque veo que lo tienes más que dominado y tampoco quiero aburrirte.

El problema, Guillem, lo tienes más arriba. Me fastidia, porque ya te digo que me caes simpático, pero el guión es un despropósito. A ver cómo te digo esto sin que suene muy ofensivo… Mira, en tu película hay tres tipos de escenas. Por un lado están las que te han salido bien, le dan un pelín de ritmo al asunto y hacen que todo esto se deje ver. Por desgracia, son una minoría. Luego están las que podrían ser buenas, pero por hache o por be no resultan nada creíbles, aunque todavía tienen un pase porque bueno, vale, dentro de la historia que estás contando pueden encajar. Y para acabarlo de arreglar, las que faltan son las directamente imposibles, las que o bien por falta de documentación (no sé cuántos días habrás ido a la ONCE a tomar apuntes, pero para la próxima te recomiendo que te acerques al menos una jornada más) o por pura falta de sentido, no hay por dónde cogerlas.

Con todo esto te ha salido una trama con buena pinta, pero que tiene demasiados puntos flojos. Si a esto le sumas que se te ha ido la mano y has confundido la cultura cinéfila de la que te hablaba antes con alguno de los tópicos más burdos del género, pues ahí tienes las consecuencias: la pobre señora Rueda intentando salvar el pellejo mientras el respetable se desternilla, como si estuviera viendo una Scary Movie cualquiera.


Así que ya lo sabes para la próxima: cuando te pongas a hacer cine, la parafernalia está muy bien, ya sé que hay que justificar hasta el último céntimo de subvenciones, y esa parte la tienes bien encarrilada… pero en tal materia los yanquis nos dan mil vueltas, que para eso son más, y más fuertes. Quien acuda a ver cine español lo hará más bien buscando que la historia le atraiga y le enganche: para ver grandes despliegues de medios la gente pasa del sucedáneo cutre nacional y se va al original importado, que mola más. O sea, que hagas el favor de darle más vueltas al argumento antes de ponerte a rodar. Si no, como sigas así, vas a conseguir que en la próxima la gente que te vea cierre los ojos, pero no por miedo, sino por sueño.

La próxima: La red social

domingo, 10 de octubre de 2010

¡Traigan un despertador!

Origen
(Inception)
EE UU – R.U., 2010.

Antes de meternos en harina, y como diría D10s “con permiso de las damas”, he de hacer una puntualización de capital importancia. No dudo de su talento como actor, que lo tiene, y además aquí lo vuelve a demostrar. No dudo de que haya sido un mito erótico de finales del milenio pasado, aunque yo sinceramente prefiero a su compañera de reparto en aquella película tan famosa del barquito que se hundía. Lo que me temo es que aquel naufragio en pantalla, que no en taquilla, le reportó beneficios suficientes para no volver a pasar hambre el resto de su vida, y el bueno de Leonardo DiCaprio se tomó el tópico al pie de la letra. ¿Han visto lo ceporro que se ha puesto, oigan, que parece que ha despachado él solo toda la producción de pizzas y hamburguesas de California? Vale que quien tuvo retuvo, y que la tropa de fans histéricas estarán siempre ahí… pero si me lees, quillo, Leo, apúntate a un gimnasio o algo, que con esa cara de pan se liga poco. Fíate, que de eso (de ligar poco) sé un rato.


Dicho lo cual (qué ganas tenía), insisto en que su trabajo en este filme es muy digno. Consigue dar vida a un personaje bastante profundo, lleno de contradicciones, de conflictos internos y de todas esas cosas que tanto les gusta destacar a los teóricos del cine, de forma bastante creíble, como si un jaleo de las proporciones del que tiene en mente el señor Cobb, al que interpreta, sea lo más natural del mundo. Confieso que yo era un tanto reticente a este tipo, al que veía como el típico figurín aupado al estrellato por su cara bonita (e hinchada), pero últimamente he visto un par de cosas suyas que me están haciendo cambiar de opinión. Tampoco están mal, aunque tengan menos nombre, los demás actores, entre los que cabe destacar a Joseph Gordon-Lewitt (que se luce lo poco que su papel le permite), los guiris Ken Watanabe y Dileep Rao, y la poco significativa parte femenina de la que se encargan en exclusiva una enorme Marion Cotillard y una sensiblemente más floja Ellen Page.

Muy bien, muy bonito esto de los intérpretes, pero se preguntarán ustedes de qué va la película. Pues va de dormirse. Hasta ahí puedo leer sin destripar. No quiero decir que sea aburrida, aunque me consta de gente que se ha quedado frita en su butaca. Los guionistas desayunaron raro el día que se pusieron a escribir y les salió una paranoia rarísima y retorcidísima sobre el mundo de los sueños en no sé cuántos niveles de profundidad. Entenderse, se entiende, pero hay que tener los cinco sentidos a tope, y quien tenga seis, el sexto; no se entretengan ni en comer palomitas, porque en cuanto se escape un detalle, por sutil que aparente ser, las piezas dejan de encajar, las referencias mentales se descolocan y se viene abajo el invento.

El esfuerzo que hay que hacer para no perderse en el argumento hace casi imposible fijarse en nada más. Poco puedo contarles, por ejemplo, de la banda sonora, porque no recuerdo ni dos corcheas seguidas. Algo bueno o malo según se mire: ¿pasa desapercibida porque es irrelevante o porque se funde perfectamente con la imagen? Decidan ustedes. Sí son más evidentes las horas que habrán echado en el laboratorio para llenar medio filme de efectos especiales fantásticos y muy bien logrados. El director, Christopher Nolan, también hace un trabajo decente al conseguir darle cierta coherencia a una historia tan compleja, pero cae en uno de los pecados habituales de los cineastas consagrados: la avaricia temporal, pues pretende que le entreguemos ¡dos horas y media! de nuestras vidas. Tanto desgaste pasa factura en el sufrido espectador, que aunque disfrute, corre serio riesgo de saturarse. La película merece la pena, y seguro que algún sector de frikis opina que es “de culto”, pero no vayan a verla un día que les duela la cabeza o no hayan podido echarse una siesta.

La próxima: Los ojos de Julia

miércoles, 10 de marzo de 2010

¡A mí la legión!

Los hombres que miraban fijamente a las cabras
(The Men Who Stare At Goats)
EE UU – R.U., 2009.

Circula por las librerías una obra titulada “From lost to the river”, bastante recomendable para echarse unas risas a cuento de la impronunciable lengua de Shakespeare, Dickens, Benny Hill y demás personalidades ilustres de la cultura anglosajona. Ideal, se lo aseguro por experiencia, para regalar y quedar bien con alguien que se dedique a la enseñanza de tal idioma. El lector avispado ya habrá intuido que la gracia del volumen está en traducir a pelo expresiones castizas para que suenen que parezcan ustedes salidos de la misma Quéimbrich. Ignoro si entre las frases incluidas en el recopilatorio se encuentra “like a goat” y si un yanqui me entendería si se lo suelto, pero no se me ocurre definición mejor para la película que procedemos a destripar.

Claro que eso, en sí mismo, no tiene por qué ser malo, ¿eh? Simplemente significa que no deben molestarse en buscarle sentido al metraje, porque no lo tiene. Con decirles que el título se corresponde de manera fiel y rigurosa con la descripción y características de los personajes, creo que se pueden hacer a la idea del calibre del absurdo de que estamos hablando. Permite comprender muchas cosas el hecho de que los guionistas den a entender el tipo de ácido que se metieron antes de ponerse manos a la obra: el lisérgico. Pero insisto, no presupongan consecuencias negativas de todo esto. La historia es entretenida. Muy rara, pero entretenida. Y tiene hasta una especie de moraleja antibelicista, aunque resulta todo tan extraño que dos días después de haberla visto aún no estoy seguro del mensaje que querían transmitir.

Por si acaso, no me sean prejuiciosos y no esperen ver un discurso demasiado profundo, porque la filosofía y los estupefacientes no suelen ser buenos compañeros de viaje, aunque haya quien lo rebata (por ejemplo, hay una secta judía que intenta convencernos de lo contrario desde que hace dos mil y pico años a un niño le regalaron incienso junto al oro y a la enigmática mirra). Tampoco se deje engañar quien haya visto el trailer y pretenda mondarse, porque es cierto que tiene momentos de carcajada, pero no estamos ni de lejos ante un festival del humor. Llámenme repetitivo, pero es todo tan raro que ni siquiera sabría en qué género encuadrar esta peli. Hay ejércitos pero no es de guerra, hay risas pero no es comedia, hay algún momento triste pero no es drama, hay desamor pero no es un pastelón… Y lo más extraño de todo es que, dentro de su rareza, las piezas encajan y la historia acaba siendo creíble.

Quizás la clave del asunto es que el productor, y de paso actor principal, es un tal George Clooney que, ya que está puesto, borda su papel, bastante difícil por estar haciendo funambulismo sobre la línea sutilísima de lo esquizofrénico. Supongo que a cualquier otro mindundi que se acercara a las oficinas de la BBC con este guión le echarían a patadas. Pero no, Jorgito ha sido listo y ha sabido dejar claro que éste es “su” proyecto y que se hacía porque él se empeñaba. Para que no hubiera duda, el director es un semidesconocido amiguete llamado Grant Heslov cuyo toque personal, si lo hubiera, apenas se nota. El viceprotagonista, permítanme el palabro, es Ewan McGregor, correcto aunque más discreto que el jefe y a veces incluso dando la sensación de sentirse forzado. Luego también andan por ahí gentes como Kevin Spacey, Jeff Bridges o Stephen Lang, que salen poco pero bien. Se echa de menos, sin duda, una mayor presencia de la, en el fondo, mayor olvidada de este largometraje (no tan largo, 94 minutos): la cabra. Igual es que las fuerzas armadas del Imperio le han hecho un contrato en exclusiva y no le permiten salir ni en los desfiles patrióticos. O igual es que las cabras gringas no son ni de lejos tan fotogénicas como nuestra legionaria Blanquita

La próxima: Origen

viernes, 19 de febrero de 2010

Buenrollismo a melonazos

Invictus
EE UU, 2009.

En sus buenos tiempos, Clint Eastwood era el machote oficial de Hollywood. Lo mismo atracaba un banco en Arizona que se cargaba al malo más malo de todos los malos de Texas o se cruzaba al galope los desiertos de Almería, mientras cuadraba él solo los balances de todas las fábricas de revólveres y munición a este lado del Mississippi. Pero ahora el tío Clint se ha vuelto mayor y se conoce que le remuerde la conciencia, o que le atormentan por las noches los fantasmas de tanto cuatrero que llenó de plomo. Por eso se ha pasado al rollo social. Que es más bonito, vale. Que a lo mejor es necesario, bueno. Que tiene un mensaje que transmitir, me lo creo. Pero que es de lo más cansino, también.

Este filme tiene, además, un pequeño inconveniente derivado de una virtud. Es una película histórica en el sentido más estricto de la palabra, porque aunque (supongo que) no le faltan puntos de ficción, recrea unos hechos sucedidos no hace demasiado tiempo, que por tanto están perfectamente documentados, no hace falta que ningún juntaletras imaginativo se exprima los sesos para crear un guión a partir de una crónica deslavazada. La virtud consiste en que es tremendamente fiel a lo que pasó en realidad, como puede comprobar cualquiera con tiempo libre y mínimas habilidades de rastreo en las hemerotecas. De ahí viene como consecuencia el problema: no hay ningún tipo de emoción, todo lo que va a pasar se sabe de antemano. Si a una película de éstas de moralina le quitas cualquier atisbo de factor sorpresa, se te queda en dos horas de mitin.

Porque por mucho apartheid que se haya cargado, Mandela no deja de ser un político. Y la interpretación de Morgan Freeman no saca en ningún momento su reverso tenebroso, al margen de mínimas referencias a la familia. No sólo él: aquí todos son muy buena gente, desde Matt Damon (presento su candidatura por si a algún director barcelonista nostálgico le da por hacer un biopic de Ronald Koeman) hasta la pléyade de actores locales de nombres más o menos pronunciables, de los que destaco al poli bueno Tony Kgoroge y al poli malo Julian Lewis Jones (que vale, no es sudafricano, pero da el pego). Sí que se le agradece a quienquiera que sea el responsable la no inclusión de personajes femeninos innecesarios para justificar un numerito romántico que no vendría a cuento. No es por machismo, queridas lectoras, es simplemente afán de no añadir complicaciones superfluas a la acción que no harían más que despistar. Qué culpa tengo yo de que el Mundial de rugby no fuera de mujeres.


Esa es otra: no olviden que esto va de rugby. Sé que no es más que una excusa para sustentar la trama y que si las circunstancias lo exigieran y el juego fuera el bádminton la cosa no cambiaría mucho. Pero qué quieren que les diga… yo soy de los que se tragan todo tipo de deporte, curling incluido (con especial predilección por la selección sueca femenina), y con el balón oval no puedo. Llámenme cerrado de mollera, que seguiré sin verle la gracia a una competición por ver quién es capaz de pegarle los empujones más fuertes al rival para llevar un melón al final del campo… o algo así creo que es, nunca he sido capaz de comprender el reglamento. Y entiendo perfectamente que el público ibérico, el que más cerca me pilla, mayoritariamente comparta conmigo el desinterés por esta disciplina. Lo he intentado, prometo que lo he intentado, y no escondo mi profunda admiración por la parafernalia de coros y danzas que lo rodea en las gradas, de la que mi adorado balompié no es más que un modesto aprendiz. Pero el juego en sí mismo me parece un tostón, igual que esta película. Suele pasar cuando a algo aburrido de por sí le dan aire de sermón y lo bañan en quintales de azúcar.

La próxima: Los hombres que miraban fijamente a las cabras

miércoles, 3 de febrero de 2010

La madre del topo

El Método
España – Argentina, 2005.
Hay quien tiene la creencia de que una buena historia, por el mero hecho de serla, vale para un roto y para un descosido. Que se puede adaptar de un medio a otro sin riesgo de batacazo porque el texto, si es de calidad, lo aguanta todo. Craso error. O al menos, no en todos los casos la fórmula alquímica funciona. Puede darse la situación, por ejemplo, de una obra de teatro con cierto éxito de crítica y con un guión más que aceptable, que al transformarse en película pierde como por arte de magia gran parte de su fuerza y se convierte en una excusa perfecta para irse a buscar una almohada.

Con razón el pobre Jordi Galceran ha acabado mosqueado con la versión que han hecho de su Método Grönholm, que en el cine por algún extraño motivo pierde su apellido. Personajes demasiado estereotipados, con diferencias de caracteres pretendidamente radicalísimas, pero a la vez bastante obvias, hacen que el espectador caiga en el aburrimiento más profundo casi desde que empieza a transcurrir la acción. Es una lástima, porque el guión es tan bueno como para salvar él solo hasta la segunda estrella: intrigas, tensiones, envidias, rivalidad, la condición humana en su más pura esencia. Pero Marcelo Piñeyro y sus compinches logran destrozarlo dándole un ritmo lento cual lateral derecho del Atleti, alargando innecesariamente diálogos superfluos y metiendo con calzador escenas que le dan un punto entre morboso y escatológico al filme, pero que aportar, lo que se dice aportar, nada de nada.

Además, que la cosa es de lo más previsible, oigan. Y fastidia sobremanera porque no debería, puesto que el guión, insisto, ha quedado bastante majo. El problema es que no les puedo explicar dónde canta la historia porque incurriría en lo que la gente (que se hace llamar) culta denomina “spoiler”, y que, para entendernos, viene a ser destriparles el final con alevosía y mala baba. Quédense con la mínima referencia de que los figurines que se tienen que lucir se lucen adecuadamente. Léase Ernesto Alterio, ideal de la muerte en su papel de niño pijo, no sé si porque actúa muy bien o porque realmente él es así. Léase también Najwa Nimri (ahora van y lo pronuncian si se atreven), tan sosa y abofeteable como de costumbre. Es digna de reseña, sin embargo, la muy solvente actuación de dos intérpretes cuyos personajes no sé si llegan a ser principales o se quedan en secundarios de gran renombre: el argentino Pablo Echarri, para demostrar que sus compatriotas coproductores no metieron la gamba escogiéndole para mantener las cuotas, y la sorprendente Natalia Verbeke, en esta ocasión algo más que el insulso maniquí a que nos tiene acostumbrados.

Pero que ni por esas. En la tele no la echarán a la hora de la siesta porque alguna Asociación de Señoras Escandalizadas pondría el grito en el cielo por el par de planos subidos de tono que aparecen, pero a cambio el programador de turno podrá ayudar a conciliar el sueño a algún insomne de las dos de la madrugada. La media sale a un bostezo cada dos o tres minutos, y dura 120, así que echen cuentas. No es que ayude mucho a despertarse la ambientación, con poco más de un único y feísimo escenario (se le perdona porque lo exige el guión, valga el tópico), como tampoco colabora la banda sonora, o mejor dicho su ausencia. Se les reconoce a los actores el esfuerzo para que nos involucremos en la trama, pero no es suficiente, hay demasiados pinchazos en todo lo demás. Además, que por muy ejecutivos y muy educados que sean y por muchos másteres que tengan, no me creo que se pueda juntar a un grupo de siete hispanohablantes, a quienes desde el principio se les dice que el enemigo ha metido un topo para espiarles, y se pasen más de una hora sin mentarse a la madre.

La próxima: Invictus

sábado, 23 de enero de 2010

Prohibido usar la palabra “elemental”

Sherlock Holmes
EE UU, 2009.

¿Se imaginan a un escribano cinéfilo natural de regiones como Carintia, Mordovia, Sumatra o cualquier otro lugar de nombre enrevesado, a quien encomendaran redactar una crítica sobre La Gran Aventura de Mortadelo y Filemón (que caerá por aquí un día de estos)? Poco más o menos la misma cara, que algún amigo definiría como “de vaca que ve pasar el tren”, se me quedó cuando me tocó enfrentarme a la última de Guy Ritchie. Qué quieren que les diga, la obra literaria del señor Conan Doyle nunca me ha atraído lo más mínimo. Reconozco que en el fondo hablo por hablar, pero entre lo que me cuentan quienes sí son seguidores de sus novelas y las “referencias culturales implícitas en la sociedad” que mencionaría algún catedrático, la imagen que tengo del tal Sherlock es la de un Repelente Niño Vicente versión gentleman. Al menos con Ibáñez y su obra te ríes.

El prejuicio se refuerza una vez vista la película, donde el personaje Holmes, tan sabiondo él, tan perfecto, retorcido cual campeón mundial de ajedrez y con los reflejos de Jackie Chan tras un par de anfetaminas, confirma la fama de cargante que tenía de él. Supongo que ése era el objetivo, por lo que la muy verosímil actuación de Robert Downey Jr. es digna de aplauso. Eso sí, si yo fuera el doctor Watson ya le habría calzado un par de guantazos. Igual lo exige el guión de la época victoriana, pero no me resulta creíble alguien que le aguante tantos desplantes a otra persona, por muy mejor amigo que sea. Es lo que hace el personaje de Jude Law, también bastante competente aunque con pinta de sentirse un poco fuera de sitio al tener que encarnar a un secundario. El más importante de ellos, pero segundón a fin de cuentas. Luego está el inevitable florerillo femenino que aporta poco a la trama pero que sirve para ganarse a un determinado sector del público que si no ve momentos románticos, en el sentido moñas de la palabra, no sale contento del cine. Será el vestuario, será el maquillaje, será más bien ella misma que no da para más, pero Rachel McAdams no es lo suficientemente atractiva como para cumplir esta función.

De la trama no sé qué opinarían los lectores de hace dos siglos, ni sé si sería científicamente posible todo lo que se plantea con los conocimientos de la época. En realidad tampoco importa mucho. Ya saben que el espectador medio se sienta en su butaca para echar un rato entretenido, y esta obra entretiene. Tiene ritmo, tiene tensión, tiene momentos de intriga que no se sabe por dónde van a salir, tiene hasta sus puntos de humor, sin abusar. Es facilita de entender: salen los buenos buenísimos que quieren salvar el mundo y los malos malísimos que pretenden apoderarse de él, con algún que otro individuo que hasta última hora no se sabe bien con quién va, para darle un poco de gracia al asunto. Además, cuando la historia acaba no queda ningún cabo suelto: todo, absolutamente todo, se explica hasta el último detalle, algo muy de agradecer. Los ciento veintipico minutos que dura se quedan en el punto justo para no hacerse largos.


Haciendo balance, se concluye que la peli es buena. Merece la pena ir a verla. Pero las chicas de adorno están demasiado metidas con calzador. Pero el jefe de las fuerzas del mal (Mark Strong) no da mucho miedo, aunque sí bastante mal rollo. Pero los dos protagonistas siguen mereciéndose una buena bofetada, uno por cansino, el otro por pasmarote. Pero la pirotecnia se antoja excesiva para finales del siglo XIX. Demasiados peros para darle a la cinta una calificación más alta. Lo mismo Sherlock investiga, deduce cómo pulir estos desperfectos y lo explica empezando por la famosa frase que, al parecer, nunca llegó a utilizar en los libros.

La próxima: El método

martes, 27 de octubre de 2009

Silogismos desafinados

Los 2 lados de la cama
España, 2005.

Se quejan actores, directores, productores, estafadores y demás ralea de que el cine patrio vive una profunda crisis de la que no hay manera de salir, echándole gran parte de la culpa de sus males a ese peculiar fenómeno económico que han dado en llamar “piratería” por no encontrar palabra que intente resultar más ofensiva. Se queja el público, por su parte, de que el cine patrio vive una profunda crisis etcétera debido a que las películas que se hacen en nuestro país son de una calidad cuanto menos discutible. Visto el ejemplo que me ha tocado tragarme hoy, y con dolor porque en el fondo son compañeros de gremio, me temo que me toca darle la razón al segundo grupo.

¿Qué puede haber peor que un octógono amoroso de credibilidad más que dudosa aderezado con una sarta de tópicos sin gracia, todo ello ambientado en un entorno mitad opulento, mitad decadente? Difícil de superar, ¿eh? Pues imagínense todo eso, pero con versiones chungas de música ochentera, una década que, pese a tanta mitificación y tanto “revival” como se están sacando de la manga últimamente a base de anuncios de CocaCola, en general en el ámbito sonoro es bastante prescindible. Versiones chungas no sólo en cuanto a la adaptación, ya de por sí motivo de juicio sumarísimo, sino también, y muy especialmente, en la interpretación. Es lo que tiene pretender hacer un musical contratando para ello a actores de los que es público y notorio que no saben cantar y tampoco tienen dominada la técnica del playback, mucho más difícil y meritoria de lo que parece. Sólo se puede aplaudir a la muy guapa Lucía Jiménez, quien se nota que de gorgoritos sabe un rato. Al resto les han metido en el embolao y salvan la papeleta como buenamente pueden, aunque a María Esteve se le agradecen los servicios prestados pero casi mejor que asuma que esto no es lo suyo.

El director, Emilio Martínez-Lázaro, quien por lo visto ya ha tenido éxito en su vida con engendros parecidos, se monta un cacao mental que no arregla ni Guillermo Toledo, siempre chisposo aunque algo cargante, ni el insulso Ernesto Alterio. Verónica Sánchez está muy voluntariosa y consigue salir con dignidad, al igual que Alberto San Juan, el mejor con diferencia, y el breve pero aprovechable Secun de la Rosa. Con tanta gente se (des)organizan unos jaleos de uniones, desuniones y arrejuntamientos que desafían el temario de cualquier profe de Lógica de bachillerato y logran a la vez la paradoja de no ser creíbles pero sí predecibles. Vale, sí, ya me sé ese rollo de que el amor no es nada lógico, ni siquiera sensato, y de que esto es ficción y se le permiten unas cuantas licencias. Pero oigan, hasta cierto punto, digo yo. Que una cosa es la pasión y otra llegar a un nivel en que casi ni los propios personajes sepan quién está con quién.

En la Universidad, ese pozo de sabiduría gracias al cual he acabado escribiendo cosas como esta y encima sin cobrar, nos contaron una vez que en España hacer una película, tenga el resultado que tenga en taquilla, es rentable gracias al pedazo de invento que son las subvenciones. Me consta, sin embargo, gente con ideas brillantes que ha de dejar sus proyectos en el tintero por pura falta de recursos. No quiero acusar sin pruebas, ya sólo me faltaría meterme en pleitos por un curro no remunerado, así que lo proclamo en condicional: si esta película ha recibido una sola peseta de mis impuestos por parte del ministerio de Cultura, algo huele a podrido en la nación. Algún subsecretario debería tomar cartas en el asunto. Mientras tanto, que no me vengan con cuentos de crisis y que la EGEDA, equivalente audiovisual de la SGAE, no llore: el cine “pirateado” seguirá siendo mayormente extranjero.

La próxima: Sherlock Holmes

jueves, 22 de octubre de 2009

Demasiado estúpida para insultarla

Resacón en Las Vegas
(The Hangover)
EE UU, 2009.

Es público y notorio, y si no se lo sabían apúntenselo porque entra en examen, que a los juntaletras hay dos cosas que nos cuestan en el ejercicio de nuestra tarea más que ninguna otra. Una de ellas es amoldarnos a los plazos y, sobre todo, a los espacios. Porque no falla: si te fijan una extensión concreta (ahora es cuando mis lectores me agradecen que me haya impuesto a mí mismo no torturarles durante más de una página con interlineados y márgenes estándar en Times New Roman del 12), lo que tienes que decir siempre ocupará o bastante más, y tendrás que exprimirte neuronas para recortar, o bastante menos, y tendrás que exprimirte neuronas para inflar con paja. La otra, casi un párrafo después, es encontrar un buen título, algo con gancho, la frase perfecta que incite al lector a avanzar por el texto. Por eso agradecemos sobremanera cuando esa frase la suelta uno de los personajes, en este caso el dentista desdentado y cornudo que interpreta con relativo acierto el desconocido Ed Helms.

Tenga claro el que se anime a ver esta película que se va a encontrar con una americanada de las que cumplen con todos los tópicos y requieren el consumo de cantidades industriales de palomitas. No faltan explosiones, persecuciones temerarias por carretera, golpes de todo tipo, situaciones ridículamente embarazosas o señoritas de buen ver a las que, oh cruel paradoja, no se les llega a ver nada. En concreto este filme es del género “americanada de risa”. Y hombre, reírse, se ríe uno, ese mérito no se lo negamos. Tiene sus puntos divertidos e incluso en algunos momentos llega a ser sublime.

Otras escenas, sin embargo, pretenden provocar la carcajada y lo máximo que consiguen es sonrojar a quien esté al otro lado de la pantalla. Para no defraudar a los más fieles seguidores del estilo, incluye su pertinente colección de diálogos llenos de palabros malsonantes que no vienen a cuento. Me dijo un profe en su momento que soltar un taco está bien cuando está bien, que para eso los recoge el diccionario (nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos a don Camilo José Cela), pero que cuando no pega y se suelta con la supuesta intención de caer en gracia, se termina convertido en el graciosillo de turno que a todo el mundo toca la moral. Habría que montar una comisión de investigación para ver si el responsable es el jefe de doblaje (nada del otro mundo en este caso) o hay que pedir cuentas directamente a los yanquis.

El problema de la película es muy fácil de detectar: dura 99 minutos. Que no parece mucho, en peores nos hemos metido, pero siendo muy generosos le sobran como mínimo 15. Y para rellenar, los guionistas, un tal Jon Lucas y un tal Scott Moore, a quienes se reconoce la valentía del planteamiento temporal novedoso para este tipo de cine, no han tenido mejor idea que incluir un puñado de situaciones absurdas. Un simple botón de muestra: sale Mike Tyson con un tigre. La historia tiene su interés, pero con tanto requiebro innecesario acaba uno perdido, como supongo que estaría el director (Todd Phillips) cuando le encargaron lidiar con semejante colección de disparates.

La cortesía obliga al menos a enumerar a los intérpretes: el citado Helms, el exagerado Bradley Cooper y el poco creíble Zack Galifianakis, pronúncienlo si se atreven, vendrían siendo los actores principales. Actriz principal no hay, eso que nos ahorramos, porque el nivel suele ser tirando a regular. Con estos mimbres sale un cesto resultón, adecuado para guardar la compra de la casquería. No intenten creer que es un florero de porcelana de diseño.

La próxima: Los 2 lados de la cama

jueves, 17 de septiembre de 2009

Un indio llorando

Alguien voló sobre el nido del cuco
(One Flew Over the Cuckoo's Nest)
EE UU, 1975.

No se asusten, queridos y muy bienvenidos visitantes rojiblancos: la directiva atlética no ha cometido recientemente ninguna de sus habituales barrabasadas que nos mandan de vez en cuando al muro de las lamentaciones; además, recuerden que esto va de cine, así que aparcamos el balón hasta cuando toque Evasión o Victoria. Lo del indio va en sentido literal: es un indio de verdad, de los norteamericanos, de esos enormes con melena lacia de pelo negro. Y sale en una de las últimas escenas de la película, y tiene su importancia y su significado y todo eso. Pero no se preocupen, que hasta ahí puedo leer, no les voy a chafar el final. Asuman este arranque como un intento de licencia literaria: a poco que se hayan dedicado a juntar letras sabrán lo difícil que es dar con un título medianamente aceptable.

Y no se lo destripo porque aconsejo que se pasen por su videoclub o su biblioteca de guardia, o si son gente pudiente directamente acérquense a una buena tienda, y háganse con un ejemplar de este buenísimo filme. Que no sólo lo digo yo, ¿eh? Que entre el rosario de galardones que se ha llevado, de esos trofeos que entrega la gente que dice que sabe, hay estatuillas para montar un todo a cien: sin contar candidaturas, tenemos seis BAFTA de la Academia británica, otros seis Globos de Oro, premios de las asociaciones y sindicatos de Actores, Editores, Directores, Guionistas y Críticos, casi una decena de laureles menores, condecoraciones en países tan dispares como Alemania, Francia, Italia, Suecia, Japón o hasta España, e incluso ya puestos, un Grammy por la sutil banda sonora que se sacó de la batuta el maestro Jack Nitzsche. Bueno, y también cinco Oscars. Que ya sabemos cómo se las gastan los yanquis, pero en este caso, aun sin conocer a las rivales, parece que acertaron y todo.

Uno de esos Oscars, a lo mejor el más merecido, es para Jack Nicholson (R.P. McMurphy), posiblemente el actor protagonista que más divertido es capaz de ser, y a la vez el que más miedo es capaz de dar sólo con una mirada. Imponente también, e igualmente condecorada, la mala malísima del cuento, la terrible enfermera Ratched a quien da vida Louise Fletcher. No menos destacable, aunque no se llevara monigote dorado, es la actuación de ese pequeño gran hombre llamado Danny DeVito (Martini), quien en este papel secundario, puede que uno de los pocos de su carrera que en rigor no fueran cómicos, logra mantener el nivel del drama regalando de vez en cuando momentos impagables de risa. De hecho, en general todo el reparto está brillante, pero si nos ponemos a enumerarlos no nos da tiempo a hablar del director, el checo Miloš Forman, quien consigue sacar el máximo de los intérpretes, muchos de ellos desconocidos hasta este rodaje. Bien es cierto que el guión ayuda: se trata de una historia que engancha, extraña hasta límites desconcertantes, de lo más increíble si se analiza en frío pero que, tal como está contada, parece lo más natural del mundo.

¿Por qué, entonces, pese a tanta alabanza no le cae la estrella que le falta? Un crítico documentado alegaría motivos serios y meditados, como por ejemplo que la fotografía es correcta, sin más, o que aunque luego mejora y engancha sin contemplaciones, el ritmo en los primeros minutos se hace algo lento. Yo me he buscado una razón más prosaica: en 133 minutos de cinta, que cierto es que se hace más corta pero no dejan de ser dos horas holgadas, no hay una sola referencia que aclare a cuento de qué ese título, que si se cambiara por cualquier otro nadie notaría la diferencia. Vale, luego se pone uno a investigar y resulta que es una frase sacada de la novela original, en una escena que el director decidió no rodar. Pero estarán conmigo en que la misión de un espectador medio no es ponerse a investigar, ¿no?

La próxima (esperemos que tarde menos de un año): Resacón en Las Vegas

viernes, 22 de agosto de 2008

En un país multicolor

Reservoir Dogs
EE UU, 1992.

Un par de kilos de balas, esperemos que de fogueo. Sus correspondientes pistolas. Algún que otro coche antiguo, no importa que no esté en perfectas condiciones, ya se tuneará si hace falta. Unos cuantos conjuntos de traje negro, camisa blanca y corbata a juego. Y cantidades industriales de zumo de tomate. Entérense, señores guionistas: no hace falta derrochar el presupuesto en efectos especiales para conseguir un peliculón. Quentin Tarantino, novato director de esta cinta, le recuerda al mundo que, como de costumbre, lo primero es lo primero: si hay un buen texto de base, tenemos mucho terreno ganado.

Porque además, tan hartos como podemos estar a estas alturas del Hollywood edulcorado habitual, nunca está de más echar mano del cine independiente (o algo parecido: hablamos de más de un millón de dólares) y sus soplos de aire fresco. Es difícil imaginar que uno de los grandes estudios, tan puritanos ellos, autorizara, más que el argumento (que aun así no deja de ser impactante), la forma de rodar de Tarantino. Hay acción, sin duda, porque esto es una película de tiroteos y esas cosas. Pero también hay diálogos sesudos (moderadamente, no se me asusten), que aunque cualquier madre censuraría por malsonantes, son tan valiosos, y tan entretenidos, como los disparos propiamente dichos, si no más. Hay planos larguísimos, que desesperarían al productor en busca del taquillazo fácil, pero que mantienen la intriga y atrapan la atención del espectador impaciente por ver cómo se resuelven. Hay también excepciones a esto último, claro, y momentos donde dan ganas de decir “Oye, Quentin, que esta parte ya la he pillado, a ver si arrancamos de una vez”, pero son los menos. Y hay violencia. Mucha violencia. Y de lo más explícita. Bastante gratuita en algunas ocasiones, en otras bien justificada por el guión. Son las cosas de Tarantino: a algunos les dará grima, a otros les parecerá genial. En todo caso, si luego tienen pesadillas no digan que no se lo advertí.

Los actores, rigurosamente en masculino, parece que sí que dormían bien, porque sus interpretaciones no merecen ni un reproche: brillante Harvey Keitel en la dificilísima, por contradictoria, piel del Señor Blanco; algo más flojo pero también espectacular Tim Roth de Señor Naranja; más que aceptables el resto de colores (verosímil, pero un tanto ridículo, ese sistema para nombrar a los personajes), entre los que se encontraba el propio Tarantino, que sale poco pero no desentona. Hasta el doblaje castellano, del que tanto se despotrica a veces, estaba sorprendentemente bien hecho. La estética también quedó bastante cuidada, cambiando el tono según dónde se ubica cada acontecimiento de los muchos que ocurren, pero manteniendo una línea coherente que da un aire de submundo mafioso de principios del siglo pasado que le viene que ni pintado a la historia. Se presta también especial atención a la banda sonora, llena de éxitos setenteros que además tienen su relevancia en la narración. Eso sí, puestos a sacar pegas, quizás la música sea buena pero insuficiente: algunas de esas escenas largas y profundas no tienen más que el silencio de fondo, lo que a veces resulta agobiante y, lástima, le cuesta la quinta estrella.
Tarantino, llamado a convertirse en director de culto, se presenta en sociedad con un filme potente, convincente, lleno de sorpresas, y que incluso en ocasiones invita a la reflexión de la mejor manera posible: camuflándola entre la trama, para que luego uno se dé cuenta al rato de haber visto la película, cuando esté rememorando alguno de los diálogos magistrales con que nos obsequia. Muy mascadito, muy fácil de entender todo, sin florituras innecesarias ni requiebros pseudoartísticos. Las cosas claras, el chocolate espeso, y las balas, de plomo.

La próxima: Alguien voló sobre el nido del cuco

martes, 12 de agosto de 2008

Cuando el murciélago vuela bajo…

Batman Begins
EE UU, 2005

Con la precisión del más experto Arguiñano, los maestros de los fogones de Hollywood tienen la extraña habilidad de dar de vez en cuando con la receta mágica del pelotazo taquillero. La cosa tiene mérito si se tiene en cuenta la poca variedad de ingredientes de que suelen disponer: una chica guapa (a medio pelar), un chico guapo (pelado del todo), un puñado de malos malísimos especialistas en encajar guantazos, y cuarto y mitad de explosiones, petardos y ruidos de todo tipo, directamente importados de los restos de serie de las Fallas. Los (pocos) que además de gastarse mil pesetas en una entrada quieran que la historia que les cuenten les haga pensar, que se vayan a ver a Woody Allen, que para eso le dejan hueco.

A veces, sin embargo, suena la flauta, y una película predestinada a limitarse a cumplir con los tópicos se las apaña para ir un puntito más allá. Es la ventaja que, a poco que se sea hábil, otorga basarse en una historia como la de Batman, que no por manoseada deja de ser fascinante: la Warner, además de poner la pasta, da el guión ya casi hecho, así que el director (Christopher Nolan), libre de presiones, puede permitirse recrearse en detalles a priori secundarios. La consecuencia negativa es que nos vamos a más de dos horas de metraje, pero aun así no se hace demasiado pesado, esto no es una “burtonada” como las perpetradas hace década y media. Nolan consigue sacar adelante un filme de lo más aseado prácticamente sin despeinarse. Pero claro, tanto andarse por las ramas tiene sus riesgos, sobre todo cuando se trata de una saga tan famosa que el público se sabe de memoria el argumento antes incluso de ver la propia película. No sería de extrañar que algún espectador se sintiera traicionado por darle más protagonismo a la persona que copa la identidad secreta de Batman que al hombre-murciélago en sí mismo. También puede hacerse bastante raro que el superhéroe, en su afán por salvar el mundo, empiece provocando muchos más destrozos (o “daños colaterales”, como se dice ahora) que beneficios. El triple mortal con tirabuzón garantiza un vuelo espectacular, pero no hay red de protección: si el tren de aterrizaje falla, la morrada será de órdago.

Para estabilizar el planeo, aparte de la consabida y por lo visto nunca suficientemente derrochada pirotecnia, se cuenta con un reparto de lo más competente. Obviando los recelos que siempre despierta el hecho de que el actor protagonista (Christian Bale) tenga más pecho que la actriz principal (Katie Holmes), ambos cumplen con solvencia con sus papeles, aunque quizás sea achacable una cierta frialdad al que encarna a Bruce Wayne. Entre los secundarios, sublime una vez más Morgan Freeman. Lástima que no se pueda decir lo mismo de los dobladores, en especial de la que se encarga de pasar al castellano a Rachel Dawes: el chirriante tono de telepredicador en pleno sermón que le han puesto hace desear que el villano de turno no tenga compasión alguna por ella. Por otra parte, la ambientación, aunque en ocasiones parezca algo exagerada, en general es bastante aceptable: la banda sonora, sin ser particularmente novedosa, cuadra a la perfección con el ambiente sórdido de megalópolis decadente que los responsables de atrezzo y sobre todo vestuario han conseguido crear.

Que este último sea el mayor punto de fuerza puede ser bastante significativo. Quien espere un filme extremadamente innovador acabará sintiéndose defraudado, porque a fin de cuentas esto no deja de ser una de superhéroes, pero los fanáticos del género le reprocharán, con razón, que le falta chispa. El valiente Nolan se queda a mitad de camino: su película es entretenida, resultona, se deja ver, pero difícilmente levantará pasiones. Afortunadamente para él, la saga da para mucho. Esto es sólo el principio.

La próxima: Reservoir Dogs

martes, 5 de agosto de 2008

A veces hasta la Academia se confunde

Brokeback Mountain: En Terreno Vedado.
EE UU, 2005. Una estrella
Tres premios gordos, tres. Esa es la cantidad de estatuillas doradas que se llevó este filme en el último cónclave de los, más o menos, universalmente aceptados como grandes gurús de este escabroso mundillo que es la cinematografía. A saber: mejor director (el taiwanés Ang Lee), mejor banda sonora original, y mejor guión adaptado. Menos de la mitad de las candidaturas a las que optaba, un total de ocho, y sólo uno del selecto grupo de laureles prestigiosos (película, director e intérpretes).

Se ve que en la Academia estadounidense son más avispados de lo que parece y no se han dejado engatusar por la propaganda que tiende a poner esta película por las nubes. Aun así, decepciona comprobar que, aunque en menor medida de lo que cabía esperar, en el fondo han acabado por ceder ante las presiones de los correspondientes lobbies. Porque con los dos primeros galardones se puede transigir (aunque con bastantes reservas en el caso del director), pero el último es completamente inaceptable. Es inaceptable porque la historia carece de cualquier tipo de originalidad: de hecho, si se cambia la identidad de los personajes principales, sin modificar de ningún modo su forma de reaccionar ante los acontecimientos, por la típica parejita de terratenientes o de urbanitas opulentos, sería sumamente complicado distinguir esta película de un vulgar culebrón (versión light, naturalmente), o peor aún, de uno de esos telefilmes de la sobremesa del fin de semana. En todo caso, el propio hecho diferenciador de los protagonistas ya podría ser suficiente para salvar el filme: no sería el primer largometraje que se libra de la quema por una maniobra de este tipo. Lamentablemente, aquí ni eso acude al rescate: más de ¡dos horas! de lánguida y soporífera divagación acaban con la paciencia del más pintado y destruyen todo efecto sorprendente que algunos fragmentos de la trama pudieran tener. Un final decepcionante, por facilón y poco novedoso, termina de rematar la faena.

Cierto es, todo hay que decirlo, que el valor del director para tratar un tema tan delicado, rompiendo toda clase de tópicos en un género tan rígido como es el western, merece un reconocimiento que no se le negará; quizás sea incluso demasiado innovadora, hasta el punto de que hay momentos en que Heath Ledger (Ennis del Mar) y Jake Gyllenhaal (Jack Twist) no parecen creer que sus propios personajes sean verosímiles. También es innegable la inmaculada factura técnica: bellísima fotografía del lejano Oeste norteamericano, atípica para el género, pero muy adecuada para un guión tan ñoño; tres cuartos de lo mismo ocurre con la música, inviable en condiciones normales, perfectamente acorde con la (falta de) acción. Y bueno, el pobre montador no tiene la culpa de tener que trabajar con estos mimbres, debe de ser difícil conseguir algo más que larguísimas escenas llenas de conversaciones presuntamente profundas y transcendentales cuando los momentos de jugosa tensión narrativa disponibles entre tanto pastel se cuentan con los dedos de una mano.

Hay mejores opciones en cartelera antes que gastarse el dinero en este aburrimiento en 35 milímetros. Tampoco se molesten en hacerse con el DVD, y no les queden remordimientos: por lo visto mucha otra gente ya ha picado, víctima de la publicidad, y la productora no lo sufrirá mucho. Si tienen curiosidad morbosa, única razón por la que se justificaría tragarse los ciento veintitantos minutos de metraje, espérense a que algún programador de pocos escrúpulos la emita en su canal favorito. Confiemos en que al menos sea caritativo y lo haga a la hora de la siesta.
La próxima: Batman Begins

domingo, 3 de agosto de 2008

¿Era necesario?

Realmente, no. Para qué engañarnos: aunque me gustaría que fuera lo contrario, la humanidad tal como la conocemos podría seguir sobreviviendo si este blog no hubiera nacido. Pero oigan, tampoco estorba, ¿no? Y además los de Blogspot son gente muy maja y me dejan publicar gratis...

Dicen los libros de estilo de los blogs (que existen, no se vayan a pensar: en este mundo ya está casi todo inventado) que para quedar bien, la primera entrada, el primer "post" que dicen los guiris, tiene que ser una especie de presentación y declaración de intenciones. Bueno, vale, si ellos lo dicen habrá que hacerlo, no voy a llegar yo aquí de nuevas reventando las reglas. Se debería deducir por el título, pero por si acaso, repetimos, cual anuncio de natillas.

No creo que nadie esté particularmente interesado en mis marujeos personales, y si alguien lo está, dejen comentarios o manden emails y ya estudiaremos la solicitud. Y no se me ocurría ningún otro tema sobre el que generar agrias polémicas sin que la sangre llegara al río. Así que este blog va a ir de la segunda forma de entretenimiento más importante de la sociedad, siempre por detrás del noble arte del balompié: el cine.

Problema: nuestro sistema educativo es tan peculiar que ser un Señor Licenciado (trátenme de usted) en Comunicación Audiovisual no garantiza tener ningún tipo de conocimiento especial sobre la materia. Vale, sé cómo se llaman los planos y todo eso, pero, hablando en plata, no tengo ni idea de cine. No me pidan que les analice el carácter más o menos artístico de tal secuencia, o el intrincado significado oculto que el director de turno haya querido dar metiendo en escena tal objeto. Porque además, ni me va ni me viene. Yo soy de los que se sientan en la butaca (cuando la crisis lo permite; si no, me vale la tele, o la pantalla del ordenador... sí, señores de la SGAE, yo me bajo películas, qué pasa) y se limitan a ver imágenes. Mis criterios de valoración no van más allá de "me gusta - no me gusta".

Que es, si mis fuentes no me fallan, lo que hace la mayoría de la gente, el "espectador medio" no especializado, ese del que tanto hablan los listillos para decir que se traga cualquier basura. Pues yo soy de esos, y no me da ninguna vergüenza reconocerlo. Hablaremos de cine en ese plan. Sin complicarnos la vida. Con estilo más o menos bonito, más o menos acorde a las circunstancias; si ven que la cosa no cuadra, reclamaciones a don José Cabeza, profe de Crítica de Cine, una de las pocas asignaturas de la carrera en la que se aprendían cosas medio útiles (y encima era optativa).

Pues hala, al turrón. Ya me he metido en el embolao yo solo, ahora me toca ponerme a ver pelis y a escribir. De momento, voy anunciando que arrancaremos con Brokeback Mountain, que no es moco de pavo. Pero eso será de aquí a un par de días, que si lo pongo todo de golpe se pierde la intriga. Manténganse atentos.