Los ojos de Julia
España, 2010
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Querido Guillem Morales: he visto la peli que has dirigido, ésa en la que sale Belén Rueda haciendo de chica que ve poco, y te quería comentar un par de cosillas. A ver, yo te tengo aprecio, porque se nota que controlas de esto, y que además has visto mucho cine y sabes cómo funciona este invento. Entonces, si me lo permites, me gustaría darte algún que otro consejo, porque tú y yo sabemos que te podría haber salido bastante mejor. Me dirás “tú que sabrás, listillo”, y no te quito la razón, pero
chico… estarás conmigo en que si filmas una película de terror “psicológico” (que esa es otra: pregunta a los de publicidad que dónde está la psicología en ver gente acuchillada con litros de salsa de tomate) y la gente en las butacas se parte de la risa en determinados momentos, hay algo por ahí que no has hecho bien.
chico… estarás conmigo en que si filmas una película de terror “psicológico” (que esa es otra: pregunta a los de publicidad que dónde está la psicología en ver gente acuchillada con litros de salsa de tomate) y la gente en las butacas se parte de la risa en determinados momentos, hay algo por ahí que no has hecho bien.
Y no es la elección de actores, ¿eh? En eso no te discuto el mérito, porque viendo el panorama español e imaginando el presupuesto que manejarías, no creo que hubieras podido encontrar nada de más nivel. Los chicos no lo hacen mal, aunque dile a Pablo Derqui que espabile un poco y a Lluís Homar que se crea su papel, que estaba un tanto forzado; la protagonista femenina, en su línea, bastante correcta, pero no pasa de ahí: como dicen los modernos en la tele, no “transmite” gran cosa. El fallo tampoco lo tienes en la escenografía: veo que el maestro Del Toro te ha enseñado algún que otro truquillo que has sabido aprovechar bastante bien. Nada te tengo que decir ni de músicas, ni de efectos especiales, ni de ambientación, ni de nada de eso, porque veo que lo tienes más que dominado y tampoco quiero aburrirte.
El problema, Guillem, lo tienes más arriba. Me fastidia, porque ya te digo que me caes simpático, pero el guión es un despropósito. A ver cómo te digo esto sin que suene muy ofensivo… Mira, en tu película hay tres tipos de escenas. Por un lado están las que te han salido bien, le dan un pelín de ritmo al asunto y hacen que todo esto se deje ver. Por desgracia, son una minoría. Luego están las que podrían ser buenas, pero por hache o por be no resultan nada creíbles, aunque todavía tienen un pase porque bueno, vale, dentro de la historia que estás contando pueden encajar. Y para acabarlo de arreglar, las que faltan son las directamente imposibles, las que o bien por falta de documentación (no sé cuántos días habrás ido a la ONCE a tomar apuntes, pero para la próxima te recomiendo que te acerques al menos una jornada más) o por pura falta de sentido, no hay por dónde cogerlas.
Con todo esto te ha salido una trama con buena pinta, pero que tiene demasiados puntos flojos. Si a esto le sumas que se te ha ido la mano y has confundido la cultura cinéfila de la que te hablaba antes con alguno de los tópicos más burdos del género, pues ahí tienes las consecuencias: la pobre señora Rueda intentando salvar el pellejo mientras el respetable se desternilla, como si estuviera viendo una Scary Movie cualquiera.
Así que ya lo sabes para la próxima: cuando te pongas a rodar, la parafernalia está muy bien, ya sé que hay que justificar hasta el último céntimo de subvenciones, y esa parte la tienes bien encarrilada… pero en tal materia los yanquis nos dan mil vueltas, que para eso son más, y más fuertes. Quien acuda a ver cine español lo hará más bien buscando que la historia le atraiga y le enganche: para ver grandes despliegues de medios la gente pasa del sucedáneo cutre nacional y se va al original importado, que mola más. O sea, que hagas el favor de darle más vueltas al argumento antes de ponerte a rodar. Si no, como sigas así, vas a conseguir que en la próxima la gente que te vea cierre los ojos, pero no por miedo, sino por sueño.
La próxima: La red social









mencionaría algún catedrático, la imagen que tengo del tal Sherlock es la de un Repelente Niño Vicente versión gentleman. Al menos con Ibáñez y su obra te ríes. 
¿Qué puede haber peor que un octógono amoroso de credibilidad más que dudosa aderezado con una sarta de tópicos sin gracia, todo ello ambientado en un entorno mitad opulento, mitad decadente? Difícil de superar, ¿eh? Pues imagínense todo eso, pero con versiones chungas de música ochentera, una década que, pese a tanta mitificación y tanto “revival” como se están sacando de la manga últimamente a base de anuncios de Coca Cola, en general en el ámbito sonoro es bastante prescindible. Versiones chungas no sólo en cuanto a la adaptación, ya de por sí motivo de juicio sumarísimo, sino también, y muy especialmente, en la interpretación. Es lo que tiene pretender hacer un musical contratando para ello a actores de los que es público y notorio que no saben cantar y tampoco tienen dominada la técnica del playback, mucho más difícil y meritoria de lo que parece. Sólo se puede aplaudir a la muy guapa Lucía Jiménez, quien se nota que de gorgoritos sabe un rato. Al resto les han metido en el embolao y salvan la papeleta como buenamente pueden, aunque a María Esteve se le agradecen los servicios prestados pero casi mejor que asuma que esto no es lo suyo. 



increíble si se analiza en frío pero que, tal como está contada, parece lo más natural del mundo.
Porque además, tan hartos como podemos estar a estas alturas del Hollywood edulcorado habitual, nunca está de más echar mano del cine independiente (o algo parecido: hablamos de más de un millón de dólares) y sus soplos de aire fresco. Es difícil imaginar que uno de los grandes estudios, tan puritanos ellos, autorizara, más que el argumento (que aun así no deja de ser impactante), la forma de rodar de Tarantino. Hay acción, sin duda, porque esto es una película de tiroteos y esas cosas. Pero también hay diálogos sesudos (moderadamente, no se me asusten), que aunque cualquier madre censuraría por malsonantes, son tan valiosos, y tan entretenidos, como los disparos propiamente dichos, si no más. Hay planos larguísimos, que desesperarían al productor en busca del taquillazo fácil, pero que mantienen la intriga y atrapan la atención del espectador impaciente por ver cómo se resuelven. Hay también excepciones a esto último, claro, y momentos donde dan ganas de decir “Oye, Quentin, que esta parte ya la he pillado, a ver si arrancamos de una vez”, pero son los menos. Y hay violencia. Mucha violencia. Y de lo más explícita. Bastante gratuita en algunas ocasiones, en otras bien justificada por el guión. Son las cosas de Tarantino: a algunos les dará grima, a otros les parecerá genial. En todo caso, si luego tienen pesadillas no digan que no se lo advertí.



