Sherlock Holmes
EE UU, 2009
★★★✰✰
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¿Se imaginan a un escribano cinéfilo natural de regiones como Carintia, Mordovia, Sumatra o cualquier otro lugar de nombre enrevesado, a quien encomendaran redactar una crítica sobre La Gran Aventura de Mortadelo y Filemón (que caerá por aquí un día de estos)? Poco más o menos la misma cara, que algún amigo definiría como “de vaca que ve pasar el tren”, se me quedó cuando me tocó enfrentarme a la última de Guy Ritchie. Qué quieren que les diga, la obra literaria del señor Conan Doyle nunca me ha atraído lo más mínimo. Reconozco que en el fondo hablo por hablar, pero entre lo que me cuentan quienes sí son seguidores de sus novelas y las “referencias culturales implícitas en la sociedad” que
mencionaría algún catedrático, la imagen que tengo del tal Sherlock es la de un Repelente Niño Vicente versión gentleman. Al menos con Ibáñez y su obra te ríes.
mencionaría algún catedrático, la imagen que tengo del tal Sherlock es la de un Repelente Niño Vicente versión gentleman. Al menos con Ibáñez y su obra te ríes.
El prejuicio se refuerza una vez vista la película, donde el personaje Holmes, tan sabiondo él, tan perfecto, retorcido cual campeón mundial de ajedrez y con los reflejos de Jackie Chan tras un par de anfetaminas, confirma la fama de cargante que tenía de él. Supongo que ése era el objetivo, por lo que la muy verosímil actuación de Robert Downey Jr. es digna de aplauso. Eso sí, si yo fuera el doctor Watson ya le habría calzado un par de guantazos. Igual lo exige el guión de la época victoriana, pero no me resulta creíble alguien que le aguante tantos desplantes a otra persona, por muy mejor amigo que sea. Es lo que hace el personaje de Jude Law, también bastante competente aunque con pinta de sentirse un poco fuera de sitio al tener que encarnar a un secundario. El más importante de ellos, pero segundón a fin de cuentas. Luego está el inevitable florerillo femenino que aporta poco a la historia pero que sirve para ganarse a un determinado sector del público que si no ve momentos románticos, en el sentido moñas de la palabra, no sale contento del cine. Será el vestuario, será el maquillaje, será más bien ella misma que no da para más, pero Rachel McAdams no es lo suficientemente atractiva como para cumplir esta función.
De la trama ignoro qué opinarían los lectores de hace dos siglos, ni sé si sería científicamente posible todo lo que se plantea con los conocimientos de la época. En realidad tampoco importa mucho. Ya saben que el espectador medio se sienta en su butaca para echar un rato entretenido, y esta obra entretiene. Tiene ritmo, tiene tensión, tiene momentos de intriga que no se sabe por dónde van a salir, tiene hasta sus puntos de humor, sin abusar. Es facilita de entender: salen los buenos buenísimos que quieren salvar el mundo y los malos malísimos que pretenden apoderarse de él, con algún que otro individuo que hasta última hora no se sabe bien con quién va, para darle un poco de gracia al asunto. Además, cuando la historia acaba no queda ningún cabo suelto: todo, absolutamente todo, se explica hasta el último detalle, algo muy de agradecer. Los ciento veintipico minutos que dura se quedan en el punto justo para no hacerse largos.

Haciendo balance, se concluye que la peli es buena. Merece la pena ir a verla. Pero las chicas de adorno están demasiado metidas con calzador. Pero el jefe de las fuerzas del mal (Mark Strong) no da mucho miedo, aunque sí bastante mal rollo. Pero los dos protagonistas siguen mereciéndose una buena bofetada, uno por cansino, el otro por pasmarote. Pero la pirotecnia se antoja excesiva para finales del siglo XIX. Demasiados peros para darle a la cinta una calificación más alta. Lo mismo Sherlock investiga, deduce cómo pulir estos desperfectos y lo explica empezando por la famosa frase que, al parecer, nunca llegó a utilizar en los libros.
La próxima: El método
¿Qué puede haber peor que un octógono amoroso de credibilidad más que dudosa aderezado con una sarta de tópicos sin gracia, todo ello ambientado en un entorno mitad opulento, mitad decadente? Difícil de superar, ¿eh? Pues imagínense todo eso, pero con versiones chungas de música ochentera, una década que, pese a tanta mitificación y tanto “revival” como se están sacando de la manga últimamente a base de anuncios de Coca Cola, en general en el ámbito sonoro es bastante prescindible. Versiones chungas no sólo en cuanto a la adaptación, ya de por sí motivo de juicio sumarísimo, sino también, y muy especialmente, en la interpretación. Es lo que tiene pretender hacer un musical contratando para ello a actores de los que es público y notorio que no saben cantar y tampoco tienen dominada la técnica del playback, mucho más difícil y meritoria de lo que parece. Sólo se puede aplaudir a la muy guapa Lucía Jiménez, quien se nota que de gorgoritos sabe un rato. Al resto les han metido en el embolao y salvan la papeleta como buenamente pueden, aunque a María Esteve se le agradecen los servicios prestados pero casi mejor que asuma que esto no es lo suyo. 



increíble si se analiza en frío pero que, tal como está contada, parece lo más natural del mundo.
Porque además, tan hartos como podemos estar a estas alturas del Hollywood edulcorado habitual, nunca está de más echar mano del cine independiente (o algo parecido: hablamos de más de un millón de dólares) y sus soplos de aire fresco. Es difícil imaginar que uno de los grandes estudios, tan puritanos ellos, autorizara, más que el argumento (que aun así no deja de ser impactante), la forma de rodar de Tarantino. Hay acción, sin duda, porque esto es una película de tiroteos y esas cosas. Pero también hay diálogos sesudos (moderadamente, no se me asusten), que aunque cualquier madre censuraría por malsonantes, son tan valiosos, y tan entretenidos, como los disparos propiamente dichos, si no más. Hay planos larguísimos, que desesperarían al productor en busca del taquillazo fácil, pero que mantienen la intriga y atrapan la atención del espectador impaciente por ver cómo se resuelven. Hay también excepciones a esto último, claro, y momentos donde dan ganas de decir “Oye, Quentin, que esta parte ya la he pillado, a ver si arrancamos de una vez”, pero son los menos. Y hay violencia. Mucha violencia. Y de lo más explícita. Bastante gratuita en algunas ocasiones, en otras bien justificada por el guión. Son las cosas de Tarantino: a algunos les dará grima, a otros les parecerá genial. En todo caso, si luego tienen pesadillas no digan que no se lo advertí.



