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domingo, 10 de octubre de 2010

Origen: ¡Traigan un despertador!

Origen
(Inception)
EE UU – R.U., 2010
✰✰

Antes de meternos en harina, y como diría D10s “con permiso de las damas”, he de hacer una puntualización de capital importancia. No dudo de su talento como actor, que lo tiene, y además aquí lo vuelve a demostrar. No dudo de que haya sido un mito erótico de finales del milenio pasado, aunque yo sinceramente prefiero a su compañera de reparto en aquella película tan famosa del barquito que se hundía. Lo que me temo es que aquel naufragio en pantalla, que no en taquilla, le reportó beneficios suficientes para no volver a pasar hambre el resto de su vida, y el bueno de Leonardo DiCaprio se tomó el tópico al pie de la letra. ¿Han visto lo ceporro que se ha puesto, oigan, que parece que ha despachado él solo toda la producción de pizzas y hamburguesas de California? Vale que quien tuvo retuvo, y que la tropa de fans histéricas estarán siempre ahí… pero si me lees, quillo, Leo, apúntate a un gimnasio o algo, que con esa cara de pan se liga poco. Fíate, que de eso (de ligar poco) sé un rato.


Dicho lo cual (qué ganas tenía), insisto en que su trabajo en este filme es muy digno. Consigue dar vida a un personaje bastante profundo, lleno de contradicciones, de conflictos internos y de todas esas cosas que tanto les gusta destacar a los teóricos del cine, de forma bastante creíble, como si un jaleo de las proporciones del que tiene en mente el señor Cobb, al que interpreta, sea lo más natural del mundo. Confieso que yo era un tanto reticente a este tipo, al que veía como el típico figurín aupado al estrellato por su cara bonita (e hinchada), pero últimamente he visto un par de cosas suyas que me están haciendo cambiar de opinión. Tampoco están mal, aunque tengan menos nombre, los demás actores, entre los que cabe destacar a Joseph Gordon-Lewitt (que se luce lo poco que su papel le permite), los guiris Ken Watanabe y Dileep Rao, y la poco significativa parte femenina de la que se encargan en exclusiva una enorme Marion Cotillard y una sensiblemente más floja Ellen Page.

Muy bien, muy bonito esto de los intérpretes, pero se preguntarán ustedes de qué va la película. Pues va de dormirse. Hasta ahí puedo leer sin destripar. No quiero decir que sea aburrida, aunque me consta de gente que se ha quedado frita en su butaca. Los guionistas desayunaron raro el día que se pusieron a escribir y les salió una paranoia rarísima y retorcidísima sobre el mundo de los sueños en no sé cuántos niveles de profundidad. Entenderse, se entiende, pero hay que tener los cinco sentidos a tope, y quien tenga seis, el sexto; no se entretengan ni en comer palomitas, porque en cuanto se escape un detalle, por sutil que aparente ser, las piezas dejan de encajar, las referencias mentales se descolocan y se viene abajo el invento.

El esfuerzo que hay que hacer para no perderse en el argumento hace casi imposible fijarse en nada más. Poco puedo contarles, por ejemplo, de la banda sonora, porque no recuerdo ni dos corcheas seguidas. Algo bueno o malo según se mire: ¿pasa desapercibida porque es irrelevante o porque se funde perfectamente con la imagen? Decidan ustedes. Sí son más evidentes las horas que habrán echado en el laboratorio para llenar medio filme de efectos especiales fantásticos y muy bien logrados. El director, Christopher Nolan, también hace un trabajo decente al conseguir darle cierta coherencia a una historia tan compleja, pero cae en uno de los pecados habituales de los cineastas consagrados: la avaricia temporal, pues pretende que le entreguemos ¡dos horas y media! de nuestras vidas. Tanto desgaste pasa factura en el sufrido espectador, que aunque disfrute, corre serio riesgo de saturarse. La película merece la pena, y seguro que algún sector de frikis opina que es “de culto”, pero no vayan a verla un día que les duela la cabeza o no hayan podido echarse una siesta.

La próxima: Los ojos de Julia

miércoles, 10 de marzo de 2010

Los hombres que miraban fijamente a las cabras: ¡A mí la legión!

Los hombres que miraban fijamente a las cabras
(The Men Who Stare At Goats)
EE UU – R.U., 2009
★★★✰✰

Circula por las librerías una obra titulada “From lost to the river”, bastante recomendable para echarse unas risas a cuento de la impronunciable lengua de Shakespeare, Dickens, Benny Hill y demás personalidades ilustres de la cultura anglosajona. Ideal, se lo aseguro por experiencia, para regalar y quedar bien con alguien que se dedique a la enseñanza de tal idioma. El lector avispado ya habrá intuido que la gracia del volumen está en traducir a pelo expresiones castizas para que suenen que parezcan ustedes salidos de la misma Quéimbrich. Ignoro si entre las frases incluidas en el recopilatorio se encuentra “like a goat” y si un yanqui me entendería si se lo suelto, pero no se me ocurre definición mejor para la película que procedemos a destripar.

Claro que eso, en sí mismo, no tiene por qué ser malo, ¿eh? Simplemente significa que no deben molestarse en buscarle sentido al metraje, porque no lo tiene. Con decirles que el título se corresponde de manera fiel y rigurosa con la descripción y características de los personajes, creo que se pueden hacer a la idea del calibre del absurdo de que estamos hablando. Permite comprender muchas cosas el hecho de que los guionistas den a entender el tipo de ácido que se metieron antes de ponerse manos a la obra: el lisérgico. Pero insisto, no presupongan consecuencias negativas de todo esto. La historia es entretenida. Muy rara, pero entretenida. Y tiene hasta una especie de moraleja antibelicista, aunque resulta todo tan extraño que dos días después de haberla visto aún no estoy seguro del mensaje que querían transmitir.

Por si acaso, no me sean prejuiciosos y no esperen ver un discurso demasiado profundo, porque la filosofía y los estupefacientes no suelen ser buenos compañeros de viaje, aunque haya quien lo rebata (por ejemplo, hay una secta judía que intenta convencernos de lo contrario desde que hace dos mil y pico años a un niño le regalaron incienso junto al oro y a la enigmática mirra). Tampoco se deje engañar quien haya visto el trailer y pretenda mondarse, porque es cierto que tiene momentos de carcajada, pero no estamos ni de lejos ante un festival del humor. Llámenme repetitivo, pero es todo tan raro que ni siquiera sabría en qué género encuadrar esta peli. Hay ejércitos pero no es de guerra, hay risas pero no es comedia, hay algún momento triste pero no es drama, hay desamor pero no es un pastelón… Y lo más extraño de todo es que, dentro de su rareza, las piezas encajan y la historia acaba siendo creíble.

Quizás la clave del asunto es que el productor, y de paso actor principal, es un tal George Clooney que, ya que está puesto, borda su papel, bastante difícil por estar haciendo funambulismo sobre la línea sutilísima de lo esquizofrénico. Supongo que a cualquier otro mindundi que se acercara a las oficinas de la BBC con este guión le echarían a patadas. Pero no, Jorgito ha sido listo y ha sabido dejar claro que éste es “su” proyecto y que se hacía porque él se empeñaba. Para que no hubiera duda, el director es un semidesconocido amiguete llamado Grant Heslov cuyo toque personal, si lo hubiera, apenas se nota. El viceprotagonista, permítanme el palabro, es Ewan McGregor, correcto aunque más discreto que el jefe y a veces incluso dando la sensación de sentirse forzado. Luego también andan por ahí gentes como Kevin Spacey, Jeff Bridges o Stephen Lang, que salen poco pero bien. Se echa de menos, sin duda, una mayor presencia de la, en el fondo, mayor olvidada de este largometraje (no tan largo, 94 minutos): la cabra. Igual es que las fuerzas armadas del Imperio le han hecho un contrato en exclusiva y no le permiten salir ni en los desfiles patrióticos. O igual es que las cabras gringas no son ni de lejos tan fotogénicas como nuestra legionaria Blanquita

La próxima: Origen